Aikido reflexiones

              Aikido  Reflexiones

 



¿Qué es?

 

En el Aikido se busca lograr la unidad mente-cuerpo, es decir, “una meditación en movimiento” que se sustenta en un concepto taoísta denomina Wu-wei. Según este concepto, la persona no debe enfrentar los acontecimientos de la vida pretendiendo manejarlos, sino acompañarlos para que ellos causen un sufrimiento menor o incluso beneficio.

El practicante de Aikido no forcejea con su eventual adversario, ni responde a la violencia del ataque con otro igual y opuesto; debe lograr acompañarlo hasta su neutralización. Para ello utiliza una técnica que generalmente se articula a través de un desplazamiento circular, aunque cierto es que existen innumerables desplazamientos, no sólo circulares.

Aunque parezca un contrasentido, tratándose de un arte marcial, el aikidoka se protege pero cuida a su circunstancial agresor procurando disuadirlo o causarle el menor daño posible. Ello está inspirado en la propuesta de su creador, el Gran Maestro Morihei Ueshiba, de paz y amor al prójimo.

En los “Pensamientos” de Pascal (LXVII) encontramos con que “nuestra naturaleza consiste en el movimiento; el pleno reposo es la muerte”. Hay aquí una afirmación tácita, vinculada a un aspecto estético: la belleza es movimiento, acción; la fealdad es la quietud, o si queremos, la belleza en reposo, aunque en tanto esta última condición la belleza deja de ser tal. ¿Acaso el Aikido no expresa en su sentido más absoluto la belleza y la exaltación del movimiento, es decir, la circularidad?

¿Acaso no es verdad la afirmación de Kandinsky, acerca de que “la forma es la expresión exterior del contenido interior”?

El Aikido es belleza, alegría, intuición, aunque a veces sea inevitable la tentación de la razón: la estructura de la explicación. Sin embargo es obvio que el pensamiento del movimiento es, de hecho, una negación del movimiento; por lo tanto, deberíamos pasar de un “pensamiento del movimiento”, que lo destruye, a una “experiencia del movimiento” que lo funda, lo crea.

El movimiento no es pensamiento. El movimiento es acción, lo real. El Aikido es movimiento, es el Tao de la acción corporal; la misma espiral del cambio. No sólo es un desafío sino una oportunidad, una posibilidad de trascendencia catalizada a través de su noción de eje, de “centro”; se aspira a que el practicante descubra su propio centro. ¿Qué significa esto?

Significa encontrarnos, dejar de buscar el reconocimiento, el elogio o la comprensión fuera de nosotros mismos, es dejar de vincularse a relaciones dependientes actuando roles para agradar. Encontrar nuestro propio centro es estar alineado con nuestro pensamiento y sentimiento. Es verificar que nuestra conducta, nuestras coordenadas psicológicas, estén en absoluta armonía con el sentido de nuestra existencia, alineadas al objetivo que persigamos, a lo que somos o queremos ser.

Estar alineado en definitiva, quiere decir: sentir, pensar, hacer y decir de acuerdo en un todo al destino que nos propongamos.

Entonces el Aikido es una ética, una estética, un camino y una oportunidad.







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